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un mundo iluminado

La siesta

año:, isbn: 84-88342-23-3, signatura: 352

autor/es

ilustrador/es

editorial/es

Así comienza

Todos los días,
después de comer,
la casa está a oscuras
y en silencio…

 

 

Apenas unas palabras referidas a aquellas sensaciones cotidianas que pasan casi inadvertidas se van engarzando con sugerentes imágenes a modo de puzzle. Una especie de juego entrañable y bellísimo que completa la impactante escena final.

 

¿Desde cuándo hay que dar de leer a un niño?, preguntan cada vez más padres y cada vez lo preguntan más pronto, para fortuna de sus hijos. Siempre contesto que desde que nacen o, como diría Serrat, “con la leche temprana y en cada canción”. Según Salinger, “los bebés tienen orejas” y ese argumento suena contundente para asegurarle a la literatura un lugar de honor, cerca de la cuna. Los niños oyen desde antes de nacer y, cuando crecen al arrullo de las voces más amadas, reciben el mejor legado que puede hacérsele a un lector: la experiencia de la poesía que, en el fondo, es esa sensación de estar envuelto en palabras. Más allá de su significado literal o utilitario, las palabras, desde la primera infancia, quitan las sombras y ayudan a dormir. (Y también, a vivir ).

En el comienzo, la palabra es canto o cuento mínimo, sin páginas. Luego, cuando el bebé puede sentarse en las rodillas de sus padres y mirar, aparecen las primeras lecturas, con páginas de verdad. Esos libros son como los abrazos, porque hay que leerlos muchas veces, con los cuerpos muy juntos. Casi siempre hablan de experiencias cercanas a los pequeños. A veces se valen sólo de ilustraciones que las voces adultas van hilando en una historia y otras, mezclan unas palabras esenciales con las imágenes del mundo cotidiano.

La historia de un álbum como La siesta –suponiendo que La siesta sea una historia– cabría en un párrafo: “Todos los días…después de comer, la casa está a oscuras y en silencio.” Ya, con esa frase, ha transcurrido casi la mitad del libro. Porque las palabras, cuidadosamente entregadas, una por una, se conjugan con fotografías, para recrear una experiencia o, más bien, un conjunto de sensaciones, alrededor de la siesta de una madre y su hijo. A medida que la siesta se va armando, como un rompecabezas, se construye también una metáfora que nos revela, de una manera plástica y sensual, la profundidad del amor, en ese sencillo rito de estar “pelo frente a cara, cabeza sobre pecho, hombro con brazo, mano en espalda, pie sobre pierna.”

El hecho de referirse a las palabras despojadas de sus correspondientes imágenes, plantea la mayor dificultad que entraña hacer reseñas sobre álbumes, especialmente cuando éstos son tan cercanos a los libros de arte. Parece como si las palabras, separadas de esas imágenes con las que establecen un estrecho diálogo, traicionaran el espíritu de la obra. Y justamente, en esa dificultad para escribir la reseña, radica el mayor logro de este libro que, antes de afortunada simbiosis entre palabra e ilustración, debió ser una idea expresada en un guión mínimo. Se necesitaba un editor con mucha sensibilidad para intuir que, detrás de esa idea tan simple, podía esconderse un resultado profundamente poético y hermoso. En este sentido, todos los detalles de la realización son como distintas voces que se unen para construir un conjunto. La diagramación, la selección de las letras, el tipo de papel, el formato, el texto y las fotografías, hablan de un cuidadoso trabajo de equipo, que es una de las señales particulares de los libros de Kókinos.

Esta editorial española se caracteriza por publicar pocos títulos, sin ceder a los criterios comerciales que tantas veces sacrifican la calidad en aras de la cantidad. Su trabajo se dirige, fundamentalmente, a los primeros lectores que, parafraseando a Salinger, tienen ojos. Dado que la mirada de un niño se forma desde los primeros encuentros con los libros, La siesta es una oportunidad para entregar ese descubrimiento de la belleza y de la poesía desde muy temprano. O para experimentar, ya de mayores, la maravillosa experiencia de leer “pelo frente a cara”, con un pequeño, sentado en las rodillas.

Esta reseña fue escrita por Yolanda Reyes para la revista Cambio de Colombia y aparece en este medio con autorización expresa de la misma.

[http://www.espantapajaros.com/libros/li_re1_c.php]

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